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See
Del creador de Peaky Blinders viene está muy interesante serie dramática de Apple TV+. Cuando digo interesante, puede que no sea la palabra correcta para ello.
Esa premisa es esta: Después de algún tipo de brote en el siglo XXI, la humanidad se redujo a una población de unos dos millones, y todos los sobrevivientes están ciegos. See recoge varias generaciones en un futuro post-apocalíptico en el que la noción de la vista es un mito; aquellos que hablan de ella son considerados herejes.
Jason Momoa interpreta a Baba Voss, el corpulento líder de una tribu aislada - Alfre Woodard interpreta a su sabio adivinador - quien, gracias a la invación de los llamados "Brujos" que trabajan para una reina (Sylvia Hoeks) que comulga con algunos dioses no especificados a través de la masturbación, tienen que volver a casa según la enigmática guía de un hereje vidente desaparecido que engendró dos hijos con la señora de BabaVoss.
En el curso de los tres primeros episodios, esos niños nacen, crecen de bebés a preadolescentes, y se convierten en la fascinación de la Reina Kane y sus locos devotos por heredar el don de la vista de su padre ausente.
La audiencia se queda juntando la trama, los personajes y la premisa general, lo que hace que sea bastante fácil de seguir.
Recomendada.
La cinematografía de la serie es impresionante. No estoy seguro de si filmaron en exteriores o no, o si fue en CGI, pero sea lo que sea que hicieron, es realmente impresionante. Resaltan las secuencias de acción, la historia, el exuberante verdor, los bosques y los lagos. Verla será una experiencia maravillosa. #FUENTE LISTIN DIARIO
Hace unos meses, escuché algo que no me he podido sacar de la cabeza esta semana. Era algo que pensé que sabía, en lo más profundo, pero nunca había podido poner muy bien en palabras. No era tanto, así como un pensamiento nuevo, sino más bien como un pensamiento que nunca había tenido del todo.
Yo creo que te acordarás de la historia. El verano pasado, después de más de un siglo de existencia, el equipo de fútbol de Bury cerró sus puertas. Por unos días, se volvió una causa célebre: una prueba de la desigualdad en el ecosistema del fútbol; una prueba de la vulnerabilidad de los clubes históricos frente a dueños malintencionados; una prueba de que algo estaba mal.
Por un tiempo, algo parecido a un circo mediático se ubicó afuera de las puertas del Bury pero, una vez que los tribunales dieron su fallo y se echó la suerte, los periodistas comenzaron a distanciarse. Unas semanas más tarde, apareció una fotografía en redes sociales. En ella salía Michael Curtis, el cuidador, cortando orgullosamente el campo de Gigg Lane, el estadio vacío del equipo, como lo había hecho durante décadas.
Me pareció un encapsulamiento perfecto del cariño, y el orgullo, que sentimos por nuestros equipos deportivos, qué significan para nosotros: cuidaríamos de ellos, aunque nunca volvieran a jugar. Por lo tanto, en las primeras horas de una mañana, tomé el auto y conduje los pocos kilómetros de distancia que hay desde Manchester para encontrarlo. Abrió la puerta, con una ceja levantada (por lo general, a la gente se le dificulta más decir que no en persona). Después de un rato, me invitó a pasar.
Había un puñado de sus colegas. Hablamos un par de horas: sobre qué los motivaba a seguir volviendo, sobre el proceso por el que habían pasado, sobre lo que les significaba el Bury y sobre sus esperanzas para el futuro. Los aficionados estaban ocupados intentando organizar un club "fénix", un remplazo para el Bury, uno que pudiera regresar el fútbol a Gigg Lane.
Todos ellos también esperaban que eso sucediera, pero Martin Kirkby, el hombre que maneja el bar del estadio, fue cauteloso. Según Kirkby, sin importar cuán pronto se pudiera fundar un nuevo club ni cuán alto pudiera estar en la pirámide de la liga del futbol inglés, el daño estaba hecho. El fútbol —ir a partidos de fútbol, ver fútbol por televisión, hablar sobre fútbol— era un hábito. Y, tristemente, "los hábitos de la gente cambian", con rapidez.
Los deportes nunca son solo deportes. Son industrias y economías, negocios y marcas, como lo escribí la semana pasada. Son —en palabras que tomé prestadas de un inversionista estadounidense del fútbol— contenido mediático deteriorado por el tiempo: son vehículos de entretenimiento, distracciones y escapes, telenovelas que nos cautivan. Son fenómenos sociales y lenguajes comunes. Son un reflejo del mundo en el que existen.
Durante los siguientes meses, a medida que nuestros mundos se encojan y se comprometan con una sola casa, o una sola habitación, se nos concederá una nueva perspectiva sobre todo eso. En un mundo sin deportes, nos daremos cuenta de cuánto color y ruido ofrecen a la pompa de la vida. Aunque nos enfoquemos en lo verdaderamente importante —la seguridad y el bienestar de nuestras familias, nuestras comunidades; tener suficiente comida, tener un lugar para vivir—, veremos, frente a su ausencia, qué presencia tienen los deportes.
No obstante, más que nada, Kirkby tenía razón: los deportes son un hábito. Les dan un ritmo a nuestras vidas del cual apenas nos percatamos. Los sábados hay partidos; en primavera, las noches de los martes y los miércoles son de Liga de Campeones; en agosto, vuelve a empezar la temporada; en mayo, se entregan los premios, y luego todos tenemos la oportunidad de descansar, reflexionar y, con el tiempo, preguntarnos cuándo volverá a empezar todo.
El viaje al estadio; la premura para llegar al campo, al bar o a tu casa a tiempo para el inicio del juego; la gente que ves, la gente con la que ves el juego, la gente con la que juegas; las rutinas, las supersticiones y la actividad de desplazamiento; cuando ves tu teléfono a escondidas para ver los marcadores; cuando ves el "Partido del día"; cuando te bebes sediento las noticias de las transferencias; cuando te desplazas frenéticamente por Twitter.
No obstante, mientras más dure este hiato, más se disipará eso, más de nosotros se alejarán. Las rutinas cambian, los intereses menguan. Tal vez, conforme más partes del mundo realicen cierres de emergencia, ya no habrá otras actividades, ¿pero quién sabe? Tal vez viviremos más tiempo de nuestras vidas en línea. Tal vez nos acostumbraremos más al aislamiento, nos volveremos más sospechosos de las grandes multitudes. Tal vez apreciaremos todavía más esos fragmentos del tiempo en familia.
También hay un impacto económico. Todo el modelo de negocio del fútbol depende de las inmensas cantidades de dinero que pagan las televisoras para transmitir los juegos. Sin embargo, en los próximos meses, primero comenzarán a disminuir los anunciantes y luego los suscriptores. En un clima de incertidumbre financiera generalizada, no todos ellos podrán regresar.
Esto no quiere decir que el coronavirus marque el fin del fútbol. Para nada. No obstante, sospecho que tendrá un impacto duradero, uno que aún no podemos distinguir. Para la mayoría de nosotros, el regreso será más atractivo a medida que pasen los días, las semanas y los meses.
Y cuando lo hagamos, la mayoría de nosotros se emocionará con solo ver lo verde de los campos, lo vasto de los estadios, lo hermoso que puede ser un gol. La curva que hace el balón, el sonido de la red, la fracción de segundo que dura el silencio antes de una erupción de dicha y desesperanza. La mayoría de nosotros regresará, en cuanto podamos, en cuanto sea seguro. Sin embargo, algunos no lo harán. El fútbol es un hábito y los hábitos de la gente cambian.
Aunque no existen estudios recientes que permitan determinar el déficit real de camas y ventiladores que tiene República Dominicana para dar respuesta a la demanda de pacientes que presentan condiciones críticas, las historias contadas por años por familiares de este tipo de pacientes al momento de requerir ingreso, desnudan esa realidad.
En el 2017 se estimaba que el número de camas hospitalarias en el país era de 8,000, de las cuales menos de 500 corresponden a servicios de cuidados intensivos.
El último estudio realizado seis años atrás por la Sociedad de Medicina y de Cuidados Intensivos ubicaba el déficit de esos servicios en un 60% de la demanda, incluyendo mediciones hechas en establecimientos de salud público y privado.
Las normas internacionales de países europeos y las de Estados Unidos establecen que el 10% de las camas de los centros de salud de un país deben estar destinadas a la medicina crítica o de intensivo.
Esta deficiencia, conocida por años en el país, podría llegar a condiciones muy críticas si un importante número de pacientes con coronavirus empiezan a presentar complicaciones que le lleven a ameritar ingresos en cuidados intensivos.


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